El entorno actual de cambio continuo (volatilidad) e incertidumbre a nivel social, político y económico que rodea a las organizaciones en los últimos años, sumado a la “turbulencia digital”, ilustra una situación estructural que va mucho más allá de la coyuntura reciente, y que no es por supuesto ajena a la mediana y pequeña empresa. Esta realidad tiene un impacto importante en todas las organizaciones que buscan ser competitivas y sostenibles, para lo cual requieren entregar el mayor VALOR a sus clientes. La innovación, entendida como llevar a la acción ideas nuevas que generan valor, juega un rol crucial en dicho objetivo.
El concepto de innovación no es un “invento reciente”, una moda pasajera resultado del desarrollo tecnológico o de los nuevos modelos de gestión forjados en el mundo académico, y menos una mera estrategia comercial para “vender” nuevos productos. En 1942, Joseph Schumpeter introdujo el concepto de “destrucción creativa”, definiendo la innovación como la introducción de nuevos productos, nuevos procesos y cambios en la organización, de manera continua, y orientados al cliente, motivada por la capacidad transformadora del empresario.
En 1997 Clayton Christensen (fallecido a inicios de 2020) acuñó el término “innovación disruptiva”, referido a la creación de productos más fáciles de usar y más baratos, que redefinen el mercado al enfocarse en las necesidades futuras del cliente, y se expresan en forma radical en cualquier componente del modelo de negocio: nuevos productos, nuevos segmentos de clientes, nuevos canales de distribución o comunicación, nuevos proveedores o aliados, etc. Recientemente, en 2005, W. Chan Kim y Renée Mauborgne desarrollaron el concepto de “innovación en valor” en su tratado sobre estrategias de “océano azul”, apuntando a dejar a un lado la competencia y hacerla irrelevante, creando y captando nuevos mercados (nueva demanda) a través de la innovación.
Dadas sus características e impacto citados, se ha observado que las innovaciones disruptivas aplican principalmente a nuevas empresas con alto potencial de crecimiento (caso de startups), o a empresas grandes, con una reputación ya ganada y alto respaldo financiero para desafiar el mercado, mientras que las incrementales y evolutivas son más habituales en empresas con larga trayectoria, modelos de negocio tradicionales y limitados recursos de inversión, generalmente medianas y pequeñas. Según estadísticas recientes se estima que las innovaciones disruptivas constituyen no más del 10% del total, cifra entendible considerando su impacto significativo en una industria y las empresas que actúan en ella (llegando incluso a generar nuevas industrias y nuevos perfiles de consumidores). El restante 90% se concentra en las incrementales y evolutivas.
Day afirma que los proyectos con mayores probabilidades de éxito son los enfocados en productos y mercados ya conocidos, y aquellos con mayores probabilidades de fracaso son los que plantean lanzar productos “nuevos” para la empresa (fuera de sus capacidades actuales) dirigidos a mercados “nuevos” (cuyos contextos y necesidades no han sido antes trabajados).
Esta evaluación y hoja de ruta priorizada permitirá establecer un punto de partida realista sobre el cual fortalecer gradualmente el Modelo de Negocio, teniendo a la agilidad y digitalidad como catalizadores, para ganar inercia y masa crítica dentro de la organización. Eventualmente (si así se justifica) se podría proyectar a futuro iniciativas de innovación disruptiva controlando debidamente los riesgos que esta implica y aumentando las probabilidades de éxito.
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