La neuropsicología infantil es una disciplina que estudia la relación entre el cerebro en desarrollo y los procesos cognitivos, conductuales y emocionales. Desde esta perspectiva, el comportamiento infantil no se comprende como un conjunto de fenómenos aislados, sino como expresiones del funcionamiento del sistema nervioso, el cual se encuentra en constante maduración y es altamente sensible a las influencias ambientales.
En los primeros años de vida, el cerebro atraviesa constantes modificaciones de tipo funcional y estructural debido a su alta neuroplasticidad. Estas redes cerebrales constituyen el soporte del desarrollo de habilidades cognitivas como la atención, la memoria, el lenguaje y las funciones ejecutivas, las cuales permiten que el niño se adapte de manera eficaz a su contexto familiar, social y escolar.
El desarrollo cerebral en la infancia no es lineal, sino que se da por etapas. Esto implica que no se trata de un crecimiento continuo, uniforme y predecible, sino de períodos de mayor sensibilidad, con etapas más críticas en las que se observa un mayor énfasis metabólico y un incremento de la actividad eléctrica cerebral.
Diversos estudios señalan que entre los 12 y 18 meses de edad se observa un patrón metabólico cerebral similar al del adulto, acompañado de un incremento brusco de la actividad eléctrica. Asimismo, entre los 3 y 4 años, el consumo de glucosa cerebral puede llegar a ser el doble que el de un adulto.
El crecimiento cerebral no es lo mismo que la maduración cerebral. Aproximadamente a los 5 años, el cerebro del niño alcanza un tamaño similar al del adulto; sin embargo, esto no implica un funcionamiento adulto. El crecimiento cerebral se relaciona principalmente con el aumento del tamaño y volumen cerebral, producto de procesos como la proliferación neuronal.
Por su parte, la maduración cerebral se refiere a cambios cualitativos y funcionales, como la mielinización, la sinaptogénesis, la especialización y la organización de los circuitos neuronales y de los sistemas funcionales complejos.
Las funciones cognitivas constituyen un conjunto de procesos mentales que permiten al niño percibir, procesar, almacenar y utilizar la información para interactuar con su entorno y responder de forma adaptativa. Estas funciones se encuentran estrechamente vinculadas a la maduración cerebral.
El desarrollo de las funciones cognitivas sigue un proceso progresivo y jerárquico que se da por etapas y está fuertemente influido por la experiencia, donde el lenguaje desempeña un papel fundamental.
A lo largo del desarrollo se consolidan funciones como la atención y sus diferentes modalidades, la memoria (de imágenes, palabras, sonidos y hechos), la percepción, el reconocimiento y la producción de números, así como la planificación, el control inhibitorio, la flexibilidad cognitiva y la autorregulación.
La conducta infantil está estrechamente ligada al desarrollo neuropsicológico, ya que las capacidades cognitivas y emocionales del niño dependen del grado de maduración de su cerebro. Procesos como las funciones ejecutivas influyen directamente en la forma en que el niño se comporta, se adapta a las normas y responde a las demandas del entorno.
Ciertas conductas impulsivas o dificultades para regular las emociones pueden ser propias de la etapa evolutiva y no necesariamente representar un trastorno o una alteración del neurodesarrollo. Comprender esta relación permite interpretar la conducta desde una perspectiva evolutiva y favorece intervenciones acordes con el nivel de desarrollo del niño.
Comprender cómo funciona y madura el cerebro infantil no es solo una cuestión científica, es una responsabilidad profesional y humana. Los niños y adolescentes que presentan trastornos del neurodesarrollo merecen ser acompañados por especialistas que sepan leer más allá de la conducta y actuar con criterio clínico fundamentado.
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